
Temiendo que ambos acabaran con el cuello roto, McCay obligó finalmente al animal a detenerse antes siquiera de recorrer medio kilómetro. El costado le ardía y sentía cómo la sangre se extendía por el lateral de sus pantalones. Con el caballo avanzando al paso, se quitó el guante tirando de él con los dientes y empezó a palparse a tientas. Encontró dos agujeros en la camisa, uno frente al otro, y los correspondientes orificios en su cuerpo que marcaban la entrada y la salida de la bala. Se quitó el pañuelo que llevaba al cuello y lo colocó a modo de venda por debajo de la camisa, usando el codo para mantenerlo presionado contra las heridas.
¡Maldición, tenía mucho frío! Un temblor convulsivo se inició en sus pies y recorrió todo su cuerpo, haciéndole estremecerse como un perro mojado y casi logrando que se desmayara a causa del dolor. Volvió a ponerse el guante, desató su abrigo de la parte de atrás de la silla y después se encogió bajo la pesada prenda forrada de lana. Los temblores continuaron y la humedad siguió extendiéndose por su pierna izquierda. El hijo de perra no le había dado en ningún órgano vital, pero estaba perdiendo mucha sangre.
De nuevo, tuvo que volver a iniciar el juego de las suposiciones. Trahern seguramente esperaría que cabalgara sin descanso a todo galope para poner la mayor distancia posible entre ellos antes del amanecer. McCay calculó que habría recorrido un kilómetro y medio cuando finalmente dirigió al caballo hacia un frondoso grupo de pinos y desmontó. Le dio al animal un puñado de pienso y algo de agua mientras le palmeaba cariñosamente en el cuello como muestra de agradecimiento por su aguante, y desató el saco de dormir. Tenía que detener la hemorragia y entrar en calor, o Trahern lo encontraría tumbado inconsciente en mitad del camino.
Colocó la cantimplora de agua junto a una gruesa capa de pinaza, se envolvió en la manta y se tendió sobre su costado izquierdo en el improvisado camastro, de forma que su propio peso ejerciera presión sobre la herida de la espalda, mientras apretaba el orificio de salida con la mano. La posición le hizo gemir de dolor, pero supuso que la incomodidad sería mejor que desangrarse hasta morir. Por otra parte, dormir era impensable. Incluso si el dolor se lo permitiera, no se atrevería a dejarse llevar y relajarse.
