Pero cuando volvió a la oficina y le contó a su jefe que había faltado al trabajo porque su yegua estaba muy enferma, la seca respuesta fue que las cosas no iban bien y estaban pensando recortar personal.

– No hace falta que te vayas inmediatamente. Tienes un mes para encontrar otro trabajo.

Pero Phinn no pudo trabajar el mes entero porque un par de semanas después todo su mundo se derrumbó cuando su padre, intentando demostrar a unos amigos lo que una vieja moto podía hacer por esos caminos de tierra, sufrió un accidente.

Había muerto antes de que Phinn llegase al hospital. Su madre acudió a su lado de inmediato y había sido ella, tan práctica como siempre, quien se había encargado del funeral.

Destrozada por la pérdida de su padre, tener que cuidar de Ruby era lo único que la consolaba un poco. Y Ruby, como si lo supiera, acariciaba suavemente su cuello con el hocico.

Ewart Hawkins había sido una persona querida en la zona, pero cuando llegó el día del funeral Phinn se quedó sorprendida al ver que tenía tantos amigos. Y parientes. Tíos y tías de los que había oído hablar pero a los que apenas había visto nunca acudieron para presentar sus respetos. Incluso Leanne, una prima lejana, había ido con sus padres.

Leanne era una chica alta, guapa… y con unos ojos que parecían ponerle precio a todo. Como las antigüedades de la familia habían sido vendidas una tras otra después de la marcha de Hester había poco en la granja Honeysuckle que tuviese algún valor y, sin embargo, Leanne se mostró amable con ella.

Amable, esto es, hasta que Ashley Allardyce apareció en el funeral. Phinn, a pesar de las pocas ganas que tenía de saludarlo, le dio las gracias por acudir. Pero Leanne, al notar el corte caro de la ropa que llevaba aquel hombre alto y rubio, inmediatamente se sintió atraída por él.



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