
– ¿Quién es? -le preguntó.
– Ashley Allardyce -contestó Phinn.
– ¿Vive por aquí?
– En Broadlands Hall.
– ¿Esa mansión enorme rodeada de acres de terreno por la que hemos pasado para llegar aquí?
– Esa misma.
Un segundo después, Leanne había invitado a Ashley a tomar algo en la granja. Y, aunque Phinn hubiera querido negarse, una mirada a su expresión le dijo que sería imposible. ¡Ashley Allardyce estaba cautivado por su prima!
Sumida en el dolor, los días habían pasado después de eso sin que Phinn se diera cuenta. Su madre quería que fuera a vivir a Gloucester con ella, pero la idea le resultaba insoportable. Además, estaba Ruby.
Phinn se alegraba de tener a alguien a quien cuidar. Y también se alegraba de que su prima fuese a menudo a visitarla. De hecho, había visto más a su prima en esos meses que en toda su vida.
Leanne iba a la granja, o eso decía, para que no estuviera sola. Pero en realidad iba a pasar el rato con Ashley Allardyce, que estaba claramente loco por ella. Tanto que cuando su prima decidió pasar las navidades esquiando en Suiza, Ash decidió apuntarse.
Y, afortunadamente, el desahucio nunca se había llevado a cabo.
Como, sin trabajo, Phinn ya no necesitaba el coche decidió venderlo para pagar el alquiler atrasado. Además, prefería no arriesgarse a que Ashley hablase con Leanne sobre su situación financiera. No quería que nadie de la familia supiera que su padre había muerto debiendo dinero. De modo que vendió el coche y le envió un cheque al abogado de los Allardyce.
Pero después de pagar todas las facturas, incluidas las del veterinario, apenas le quedaba dinero, de modo que necesitaba un trabajo. Sin embargo, Ruby no estaba lo bastante bien como para dejarla sola…
Durante su última visita, Leanne le había contado que Ashley estaba a punto de pedir su mano y esa misma tarde había llamado desde Broadlands Hall para decir que no la esperase despierta porque iba a dormir allí.
