
Pero cuando la puerta se abrió su sonrisa se evaporó de inmediato. Porque no era la señora Starkey quien estaba mirándola y tampoco Ashley Allardyce. Ash era rubio y aquel hombre tenía el pelo negro… y una expresión que no era amable en absoluto.
Era alto, de unos treinta y cinco años, y evidentemente no se alegraba de verla. Phinn sabía muy bien quién era porque curiosamente no había podido olvidar su rostro. Aquel rostro tan atractivo.
Pero su expresión seria no cambió al mirar a la delgada joven de ojos azules y coleta pelirroja que llevaba una cámara en una mano y las riendas de un caballo en la otra.
– ¿Quién es usted? -le espetó, sin ninguna simpatía.
– Soy Phinn Hawkins -contestó ella-. Y venía a…
– ¿Qué hace en mis tierras, Hawkins?
Phinn levantó una ceja, sorprendida.
– ¿Y usted quién es?
– Tyrell Allardyce -contestó él-. ¿Se puede saber qué quiere?
– De usted, nada en absoluto. Lo que quiero es que le devuelva esta cámara a su hermano -replicó Phinn, cada vez más enfadada.
Pero cuando mencionó a su hermano, Tyrell Allardyce la fulminó con la mirada, más enfadado que antes.
– Váyase de aquí -le dijo, con tono amenazador- y no vuelva nunca más.
Su mirada era tan malévola que Phinn tuvo que hacer un esfuerzo para no salir corriendo.
– Será posible…
Sin decir nada más, le entregó la cámara y se dio la vuelta tirando de las riendas de Ruby. Cuando salió de la finca se había calmado un poco… aunque estaba furiosa consigo misma por no haber tenido valor para decirle cuatro cosas a aquel grosero.
¿Quién creía que era el tal Tyrell Allardyce? Ella siempre había entrado y salido de allí cuando le apetecía. Sí, había zonas por las que no podía pasar, pero había crecido usando la finca Broadlands como todo el pueblo y no estaba dispuesta a dejar de hacerlo.
Lo mejor que Tyrell Allardyce podía hacer pensó, echando humo, sería volver a Londres y dejar a la gente de Bishops Thornby en paz.
