
Su madre, que era quien ganaba el dinero en casa, se había subido por las paredes al ver a Ruby. Afortunadamente, Ewart Hawkins no pensaba deshacerse de la pobre yegua. Y como había amenazado con denunciarlos si intentaban llevársela, sus propietarios se mantuvieron calladitos.
– Por favor, mamá -recordaba Phinn haberle rogado a su madre. Y Hester Hawkins, mirando sus llorosos ojos azules tan parecidos a los suyos, había dejado escapar un suspiro de derrota.
– Pero tú tendrás que darle de comer, atenderla y cepillarla -le había dicho con expresión severa-. Todos los días.
Ewart, contento de haber ganado esa batalla, le había dado un beso a su mujer mientras Phinn y él intercambiaban un guiño de complicidad.
Entonces tenía diez años y la vida era estupenda. Había nacido en una granja preciosa y tenía los mejores padres del mundo. Su infancia, aparte de los estallidos de su madre cuando Ewart hacía alguna de las suyas, había sido idílica. Aunque muchos años después descubrió que la relación entre sus padres no había sido tan buena como ella pensaba.
Su padre la había adorado desde el primer momento. Debido a las complicaciones del parto, su madre había tenido que permanecer en cama, de modo que fue Ewart quien cuidó de ella durante los primeros meses. Vivían en una de las casitas de la granja y sólo se mudaron a la casa grande cuando sus abuelos murieron. Ewart Hawkins se había enamorado de su hija inmediatamente y, sin el menor interés por la granja, se pasaba las horas con su niña.
Ewart, a pesar de haber recibido instrucciones estrictas de registrar a la niña como Elizabeth Maud, por la madre de Hester, decidió que ese nombre no le gustaba en absoluto. Y cuando volvió del Registro tuvo que dar muchas explicaciones.
– ¿Que le has puesto cómo? -exclamó Hester.
– Cálmate, cariño -su padre intentó tranquilizarla diciendo que con un apellido tan simple como Hawkins lo mejor era que la niña tuviese un nombre original.
