– ¡Delphinnium!

– No quería que mi hija se llamase Lizzie Hawkins, de modo que le he puesto Delphinnium, con dos enes -anunció-. Espero que nuestra pequeña Phinn tenga tus preciosos ojos azules, del color de los delphinnium. ¿Sabes que tus ojos se vuelven oscuros como esa planta cuando te enfadas?

– ¡Ewart Hawkins! -había exclamado ella, negándose a dejar que la engatusara.

– Y te he traído un repollo.

«Te he traído un repollo», al contrario de «he comprado un repollo» significaba que lo había «tomado prestado» de alguna granja cercana, naturalmente.

– ¡Ewart Hawkins! -exclamó Hester de nuevo… pero sin poder evitar una sonrisa.

Hester Rainsworth había crecido en una familia muy convencional y trabajadora. Soñador, poco práctico, pianista con talento, ingeniero mecánico sin el menor interés por trabajar y a veces poeta, Ewart Hawkins no podía parecerse menos a ella. Pero se habían enamorado y durante algunos años fueron inmensamente felices.

De modo que, aparte de algunos altibajos, la infancia de Phinn había sido maravillosa. El abuelo Hawkins había sido el arrendatario de la granja que, tras su muerte, pasó a su hijo. Pero después de un año de mal tiempo y peores cosechas, Hester anunció que Ewart podía dedicarse a ser granjero mientras ella buscaba un trabajo que llevase dinero a casa.

Al contrario que su padre, Ewart no tenía el menor interés por la granja y le parecía un sinsentido trabajar día y noche sólo para ver cómo los cultivos se perdían debido al mal tiempo. Además, él prefería hacer otras cosas: enseñar a su hija a dibujar, a pescar, a tocar el piano y a nadar, por ejemplo.

Había una piscina en Broadlands Hall, la casa del propietario de la finca en la que estaba situada la granja Honeysuckle y la vecina granja Yew Tree. Supuestamente no deberían nadar allí, pero a cambio de que su padre fuese a tocar el piano en alguna ocasión para el señor Caldicott, el hombre había decidido hacer la vista gorda.



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