
¿Quieres irte a vivir con ellos? -le había preguntado Ewart cuando volvió.
– No, en absoluto -contestó ella.
– ¿Te apetece una cerveza? -había sonreído su padre entonces.
– No, gracias. Voy a ver cómo está Ruby.
Fue como si el matrimonio de su madre hubiera sido la señal para que todo cambiase. El señor Caldicott, el propietario de la finca y las granjas, había decidido venderlo todo y marcharse a un clima más cálido.
Y los hermanos Allardyce habían aparecido entonces en el pueblo para echar un vistazo. Todo sin que Phinn se diera cuenta. La granja Honeysuckle y la granja Yew Tree tenían ahora un nuevo propietario… y al pueblo llegó un ejército de arquitectos y constructores que empezaron a trabajar en la vieja mansión del señor Caldicott, Broadlands Hall, para reparar las antiguas cañerías, la calefacción y, en general, modernizar el interior.
Phinn había visto a los hermanos un día, cuando estaba descansando a Ruby detrás de unos setos. El más alto de los dos, un hombre de pelo oscuro, tenía que ser el Tyrell Allardyce del que tanto había oído hablar. Tenía tal aire de seguridad que no podía ser otro más que el dueño.
– ¿No te das cuenta, Ash…? -estaba diciendo mientras pasaba a su lado.
Ash también era alto, pero sin el aire de autoridad que exudaba su hermano.
Por lo que su padre le había contado, y por los rumores que corrían por el pueblo, Ty Allardyce era un financiero multimillonario que vivía en Londres y viajaba por todo el mundo. Él, decían los cotilleos, viviría en Broadlands Hall sólo cuando pudiese escapar de Londres mientras Ashley se quedaría en la casa para supervisar los trabajos y, en general, encargarse de la finca.
– Parece que vamos a ser «supervisados» -bromeó un día su padre.
