
– ¿Cómo se llama?
– Liza.
– ¿Y él?
– Rex.
– Ven, Liza, vamos a desensillarte y a cepillarte.
Trabajaron juntos, en amable compañía, sujetando a los caballos en el centro del corredor, quitándoles los arneses, limpiándoles la piel con suaves cepilladas, haciendo ascender el fecundo olor del sudor de los animales. Mientras frotaba el tibio pellejo húmedo de Liza, Emily preguntó:
– ¿Cuánto tiempo se quedarán estos dos?
– Una semana… quizá más.
– ¿Qué hará el dueño, entretanto?
Aunque había oído perfectamente el nombre de Jeffcoat, se negaba a pronunciarlo.
– Comprar un solar y construir.
Emily detuvo el movimiento.
– ¿Construir?
– Es herrero. Ha venido aquí a establecer su negocio.
– ¡Un herrero!
– En efecto, de modo que trata de llevarte bien con él, si puedes. Tal vez necesitemos de sus servicios más adelante, si resulta ser siquiera un cuarto más sobrio que Pinnick.
Volvió al cepillado, pero con más energía de la necesaria. Edwin echó un vistazo al semblante de su hija y lo vio ensombrecido por una expresión ceñuda mientras seguía empuñando el cepillo, que luego cambió por un peine de almohazar. Imaginando cómo reaccionaría ante el resto de las novedades, dijo con cautela:
– Eso no es todo.
Emily alzó con brusquedad la cabeza y las miradas de padre e hija se encontraron.
– ¿Qué más?
– Piensa herrar en su propio establo para alojar caballos.
Emily se quedó con la boca abierta.
– ¿Qué?
– Me has oído bien.
– Oh, papá…
El tono expresaba auténtico pesar. ¿Acaso no tenía su padre bastantes preocupaciones? Mamá enferma, todos esforzándose por reemplazarla en el hogar y trabajar doble aquí. ¡Y ahora esto! ¡Tuvo ganas de agarrar a J. D. Loucks, a su anuncio y al señor Tom Jeffcoat y tirarlos por un precipicio!
