Como su propia vida fue aplastada por progenitores que le impusieron su propia voluntad, al convertirse en padre se prometió que nunca les haría lo mismo a sus hijos.

Y en el presente, Emily tenía dieciocho años y era muy parecida a la antigua Fannie: decidida, usaba pantalones, se interesaba en actividades masculinas y escandalizaba a muchos.

Al volver junto a ella después de que Tom Jeffcoat se marchara, Edwin la encontró muy apaciguada. Estaba esperando en el corredor, entre los pesebres; dos de los recipientes para heno ya estaban llenos y sostenía las cuatro cuerdas de los caballos de Jeffcoat que Edwin llevó adentro, para después detenerse ante ella.

– Oh, papá, lo siento.

Se acercó a él y le abrazó el pecho con el gesto de quien está habituado a hacerlo a menudo. Con las riendas en las manos, lo único que pudo hacer Edwin fue apoyar la mejilla, con afecto, sobre la áspera gorra de lana.

– No pasa nada. De todos modos, hemos conseguido el negocio.

La muchacha retrocedió para contemplar la cara de su padre y vio en ella la sonrisa de perdón que esperaba.

– Sin embargo, sí me hizo enfadar al llamarme muchacho. ¿Acaso te parece que tengo aspecto de muchacho?

– Eeeh… -Con una semisonrisa, observó la gorra, el delantal, las botas-. Ahora que lo dices…

Emily intentó contener la sonrisa, pero al final no lo logró.

– Para serte sincera, papá, a veces no sé por qué te quiero tanto. -Le dio un cariñoso puñetazo juguetón, y se puso seria-. ¿Cómo está mamá?

– Descansando. No hace falta que te des prisa. Antes, ayúdame a atender a los caballos.

Comprendió que prefería el trabajo en el establo en lugar del cuidado de la enferma y el trabajo doméstico, y trataba de no abrumarla injustamente con las tareas de la casa que parecían no tener fin, pues Josephine, enferma, cada vez tenía menos capacidad de ocuparse de ellas. Percibió el alivio inconsciente de su hija cuando tomó las riendas con ansiedad, miró los ojos castaños de la yegua y preguntó:



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