
– Hermoso pescado. ¿Quién lo limpiará?
– Earl y yo. ¿Dónde está papá?
– Todavía en el cobertizo.
– ¡Voy a enseñárselo!
– ¡Espera un minuto!
– ¡Pero Earl está esperando!
Impaciente, Frankie se detuvo e hizo una mueca al comprender el error que había cometido al pasar por la cocina.
– Prometiste volver a casa a las tres para ayudarme.
– No tenía reloj.
– Podías guiarte por el sol, ¿no?
– No pude. -Abrió mucho los ojos para exagerar su inocencia-. ¡En serio, Emily, no pude! Estábamos ahí, junto a los chopos grandes, en el terreno vacío detrás de lo de Stroth, y los árboles me tapaban el sol.
La hermana compadeció a la pobre chica que intentara sujetar a este individuo. Ataviado con un sombrero de paja y un mono, sin camisa ni zapatos, los inmensos ojos brillantes y los labios entreabiertos en fingida inocencia, Frankie resultaba un cuadro encantador, que a ella le costaba resistir. Aun así, lo intentó.
– Toma. -Soltó el agitador de la máquina de lavar-. Te toca a ti. A mi está a punto de caérseme el brazo.
– Pero quiero llevar el pescado al pueblo y enseñárselo a papá. Además, Earl está esperándome y en cuanto se lo enseñe a papá tengo que volver aquí de inmediato y limpiarlo para que puedas freírlo para la cena. Por favor, Emily… ¡pooor faaavoor!
Lo dejó ir, pues cuando ella tuvo doce años, no fue necesario que lavase la ropa a las cuatro de una cálida tarde de verano. Sin la ayuda del niño, el lavado duró más de lo que había pensado y estaba terminando cuando papá llegó a cenar. Fiel a su palabra, Frankie había limpiado la trucha, y esa noche él y el padre se harían cargo de la cena, mientras Emily ordenaba el lavadero y apilaba la ropa mojada para tenderla al día siguiente.
Los platos preparados por el padre dejaban mucho que desear. Las patatas estaban demasiado blandas, las truchas, un poco tostadas, el café, hervido y los bizcochos pegados a la sartén. Pero lo peor de todo era que la madre no se sentaba con ellos a la mesa. Edwin le llevó una bandeja arriba y, cuando volvió a bajar, sorprendió la mirada de Emily al otro lado de la cocina e hizo un triste gesto negativo con la cabeza. Como de costumbre, la silla vacía parecía arrojar un paño mortuorio sobre la cena, pero la muchacha trató de aligerarlo.
