Josephine contestó con un vago movimiento de la cabeza.

– En todo caso, toca la campanilla.

Una pequeña campanilla de bronce había rodado por el borde de las mantas, bajo la rodilla de Josephine, y Emily la tomó y la acercó a la mano de su madre.

– Graci…

Un espasmo de tos la interrumpió y Emily huyó de la habitación, sintiéndose culpable por haberlo provocado y por preferir hasta lavar la ropa en lugar de ver sufrir a su madre.

Tardó casi una hora en calentar el agua y en refregar con los nudillos para quitar las manchas de sangre. Todavía estaba haciéndolo cuando llegó Frankie con dos truchas moteadas de negro, ensartadas en un tridente.

– ¡Mira lo que he pescado, Emily!

Era el muchacho más hermoso que jamás había visto y con frecuencia afirmaba que era el que se había quedado con la gallardía de toda la familia, tenía ojos azules de largas pestañas, hoyuelos, una bonita boca y un pelo oscuro que, en unos pocos años, muchas mujeres anhelarían acariciar. Al perder el último diente de leche, se quedó con una notable y perfecta dentadura. Nunca dejaba de maravillar a Emily pues, aunque sólo era una parte de él que había llegado al tamaño de la madurez, llevaba consigo la promesa de una madurez total en un futuro muy próximo. Ya estaban estirándosele los miembros, y si el tamaño de los pies daba algún indicio, Frankie pronto tendría la altura de su madre, que sobrepasaba al padre en más de cinco centímetros.

Emily se sentía mal al pensar en su hermano. No tenía más que doce años pero, al estar enferma la madre, la última parte de su niñez le era arrebatada, quitándole el feliz abandono que merecía. No era justo, como no lo era la situación para ninguno de ellos y menos aún para la madre. Tenían que arremangarse y ocuparse de las tareas domésticas lo mejor que pudieran, les gustara o no. Por lo tanto, Emily se fortaleció contra el ruego que preveía, mientras admiraba el botín de pesca de su hermano.



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