Al entrar en el distrito comercial, aminoró la marcha de los caballos para inspeccionar tranquilo los alrededores. Debía de haber unas cincuenta construcciones; las aceras de madera tenían la antigüedad suficiente para estar gastadas pero no combadas y vio una buena cantidad de negocios establecidos: un hotel, carnicería, barbería, botica, un bufete de abogados, varias tiendas, la oficina de un periódico y los inevitables saloons que atendían a los vaqueros que llegaban trayendo el ganado por Bozeman Trail, en el mismo trayecto que él acababa de recorrer. Estaban el Star, el Mint y uno llamado Silver Spur, junto al cual había un corral con media docena de alces salvajes. Unos cuantos vaqueros estaban practicando con lazos y las carcajadas de los hombres mezclados con los mugidos de las bestias hizo sonreír a Jeffcoat.

Más adelante, pasó ante otras señales de progreso: un edificio cuyas puertas dobles estaban abiertas de, par en par y mostraban una bomba para incendios, con resplandecientes abrazaderas de bronce; una casa en la que se veía el siguiente anuncio: L. D. Steele, Médico; una escuela (sin duda, habiendo una escuela irían colonos a establecerse); y una tienda de arneses y zapatos a la que Jeffcoat prestó especial atención.

En un momento dado, llegó a un arroyo sin puente, hinchado con los deshielos de primavera, donde un individuo delgado, de pantalones abombados y botas a la rodilla llenaba de agua la carreta con un cubo al extremo de un palo largo. A un costado del tambor de hojalata estaba pintado el siguiente anuncio: Agua fresca. Se entrega todos los días. 25 centavos el barril, 5 barriles por $1, Servicio de Agua burbujeante de Andrew Dehart.

– ¡Eh, hola! -gritó Jeffcoat, tirando de las riendas.

El hombre interrumpió la tarea y se volvió:



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