
– ¡Hola!
Tenía barba hirsuta y nariz ganchuda que sonó sin ayuda de ningún pañuelo, arrojando el producto a la hierba, primero a la izquierda, luego a la derecha.
– ¿Qué arroyo es este, Big Goose o Little Goose?
– Big Goose. Por aquí le decimos, simplemente, Goose. ¿Es nuevo en el pueblo?
– Sí, señor. He llegado hace cinco minutos.
– Bien, ¿cómo está? Me llamo Andrew Dehart.
Hizo un gesto hacia el letrero de la carreta de agua.
– Y yo, Tom Jeffcoat.
– Si necesita agua, yo soy el hombre al que tiene que ver. ¿Se quedará?
– Sí, señor, esa es mi intención.
– ¿Tiene alojamiento?
– Todavía no.
– Bien, ha pasado usted ante el único hotel, el Windsor, por allá. Y Ed Walcott tiene el establo. Dé la vuelta en Grinnell.
– Gracias, señor Dehart.
Dehart lo saludó con la mano y, al tiempo que se daba la vuelta para continuar el trabajo, le dijo en voz alta:
– ¡Aquí siempre es bienvenida la sangre nueva!
Al parecer, ese arroyo marcaba el final de la zona comercial. Más allá, casi todo eran casas, de modo que Jeffcoat cambió de dirección y regresó por donde había llegado.
Encontró Grinnell sin ningún problema y un gran cobertizo sin pintar con el tejado en forma de tienda de campaña, las puertas abiertas de par en par y un notable cartel colgado alto, encima de la portilla del heno, donde decía: Establo Walcott. Alojamiento diurno y nocturno de caballos. Se alquilan arreos. Dobló por Grinnell para echar un vistazo.
En un corral al costado del edificio, media docena de caballos de aspecto saludable dormitaban al sol de las dos de la tarde, con los hocicos rozando la pared. En un extremo alejado había un pozo con herraduras desechadas rodeado de una fila de álamos torcidos, que proyectaban un retazo de sombra sobre la calle, por encima de la barra de atar las cabalgaduras. El cobertizo mismo era una construcción inmensa, abierto, construido con tablas verticales gastadas por el tiempo y con puertas dobles corredizas en ambos extremos, que permanecían abiertas.
