Jeffcoat prefirió el riel de atar sombreado a la derecha, en lugar del soleado, a la izquierda, y pasó por la puerta abierta, distinguiendo la silueta de un hombre que trabajaba herrando a un caballo, enmarcado con claridad en la construcción abierta.

Su competidor.

Se detuvo en la sombra, enrolló las riendas en torno del asa del freno, se apeó y, con los puños sobre las orejas, flexionó la cintura. Sentía la piel tensa como el cuero de un tambor. Soltó una gran bocanada de aire y saltó de lado. Se detuvo junto a la gran puerta sur del establo y escudriñó el interior. Era como un túnel de ferrocarril, oscuro y fresco por dentro, e iluminado en los extremos. En el más alejado, el sujeto seguía trabajando, de cara a la puerta contraria, con el casco de un gran potro zaino sobre el regazo.

Mientras se acercaba, Jeffcoat observó al caballo y al hombre. El animal tenía hocico corto, pecho ancho y era alto. Al examinarlo más de cerca, vio que el hombre no era tal sino un muchacho flaco y menudo vestido con gastados pantalones azules, una camisa roja desteñida, tirantes negros, un delantal de cuero hasta los tobillos y una gorra blanda de lana marrón, con un botón en la coronilla.

Al acercarse Jeffcoat, el zaino relinchó, bajó la pata delantera y topeteó al muchacho con la barriga, torciéndole la gorra.

– ¡Maldito seas, Sergeant, saco de huesos, pedazo de mocoso! ¡Quédate quieto! -El muchacho le dio un golpe al animal en el hombro y se enderezó la gorra de un manotazo-. ¡Si vuelves a hacer eso, dejaré que te cures tú solo esta miserable grieta!

Atrapó con una mano la pata delantera, la colocó sobre su regazo y volvió a tomar el punzón para tratar el casco.

Jeffcoat sonrió, pues el animal sobrepasaba el peso del muchacho en unos cientos de kilos. Pero, pese a su juventud, el chico sabía lo que estaba haciendo. Las grietas de miembros de animales no podían tomarse a broma.



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