– Gracias, lo recordaré -respondió, sarcástica, enfilando hacia la calle, con el delantal golpeándole los talones a cada paso que daba-. ¿Qué quiere, alojarlos solamente? Eso cuesta un dólar por noche, incluyendo el heno. El postre es aparte. Dos monedas por una ración extra de avena. Almohazarlos, otras dos. Si los guarda afuera, en el corral, se ahorrará diez centavos. -Llegó junto a la yunta y se volvió, pero Jeffcoat no la había seguido-. ¡Eh, señor, vociferó, tengo cosas que hacer! -Puso los brazos en jarras y tamborileó, impaciente, con los dedos sobre el delantal de cuero-. ¿Dónde quiere dejarlos? ¿Adentro o afuera? -Como no obtuvo respuesta, asomó la cabeza por la puerta y gritó a voz en cuello-: ¡Eh! ¿Qué diablos está haciendo? -y entró a zancadas con los puños balanceándose a los lados como badajos de campanas.

– Esta no es una grieta, es una fisura -dijo el aludido, examinando la pata de Sergeant como si fuese el dueño del lugar-. Necesitaría una herradura de tres cuartos, o quizás hasta una placa de cobre para que presione la horquilla y las paredes del casco, si no quiere que quede cojo para siempre. Tal vez serviría un remache.

– Yo atenderé a mis propios caballos, si no le importa -replicó con acritud, desatando la cuerda de Sergeant y conduciéndolo a un pesebre.

¿Quién diablos se creerá que es, que puede venir aquí a darme consejos? No es más que un sucio vaquero sin mangas siquiera, metiéndose en un establo ajeno y barbotando como un geiser, y yo sé todo lo que hay que saber sobre el cuidado de cascos. ¡Todo!

Pero Emily Walcott ardía de indignación porque sabía que el extraño tenía razón: tendría que haber utilizado dos trozos de cuerda, pero tenía demasiada prisa.

Al salir del pesebre, no dedicó al desconocido más que una mirada fugaz y lo dejó atrás.



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