
– Aquí alojamos caballos. Los alimentamos, los almohazamos, les damos agua y los enjaezamos, y alquilamos arreos de montar. ¡Pero lo que no hacemos es permitir que un mozo de cuadra de poca monta quiera hacer su aprendizaje con nuestros animales!
Para azoramiento de Emily, cuando pasó junto al hombre este estalló en carcajadas. Se dio la vuelta con mirada asesina y las comisuras de la boca caídas como si estuviesen atadas a sus zapatos.
– Señor, no tengo tiempo para perderlo con usted. Tal vez con sus caballos, si habla rápido. Y bien, ¿los deja adentro o afuera? ¿Heno o avena?
– ¿Mozo de cuadra de poca monta? -logró decir, todavía riendo.
– Está bien, como quiera. -Obstinada, cambió de dirección dirigiéndose hacia una compuerta que daba al henil y pasó junto al hombre con expresión hostil-. Lo siento, estamos completos -le advirtió con sequedad-. Pruebe en Rock Springs. Está a unos pocos kilómetros, en esa dirección. -Hizo un ademán con el pulgar hacia el sur.
Rock Springs estaba a más de quinientos sesenta kilómetros y había tardado dieciocho días en cubrirlos. La muchacha comenzó a subir la escalera hasta que una mano aferró una de sus gastadas botas de vaquero que olían a caballo.
– ¡Eh, espere un minuto!
La bota se salió y quedó en la mano de Jeffcoat.
Tan sorprendido como ella, se quedó mirando con la boca abierta el pie descalzo, con el tobillo sucio y briznas de heno pegadas a la piel, y pensando que era la presentación más extraña que había tenido con un miembro del sexo opuesto. En el lugar del que provenía, las damas usaban vestidos de algodón con enaguas de trencillas y delantales blancos almidonados, en vez de los de cuero, y sombreros de paja en vez de gorras de muchacho, y delicados zapatos abotonados pero no botas de vaquero con estiércol pegado. Y medias largas… delicadas medias de hilo de Escocia que ningún caballero veía jamás. Sin embargo, ahí estaba, contemplando fijamente el pie descalzo.
