Al Zip no le conocía lo suficiente como para adivinar sus reacciones. Nunca les habían presentado formalmente ni habían intercambiado más que unas pocas palabras al año. Por lo que Harry sabía, el Zip no era dado a hablar mucho con nadie. Los otros tipos de la banda se mantenían alejados de él.

El Zip les caía bien a las mujeres, a las semiprofesionales les gustaban esos tipos, o quizá tuvieran miedo de demostrar lo contrario.

Harry guardó en el armario del dormitorio la maleta y la bolsa con el equipaje. Permaneció junto a la ventana mirando los faros de los coches en el crepúsculo, las siluetas oscuras en movimiento, preguntándose si había olvidado alguna cosa.

Mis cosas de aseo. ¿Qué más?

Caray, los dos pasaportes.

Alguien llamó a la puerta. En la sala.

Harry dio un bote, recordando al mismo tiempo que no había cogido el arma, el arma que había usado para matar al desertor cuarenta y siete años atrás y que se había traído a casa como recuerdo. Una pistola Colt 45 del ejército, envuelta en una toalla, en el estante del armario, sin cargar. Y el Zip en la puerta. Harry estaba seguro.


Un tipo negro que llevaba una guayabera floreada en azul y amarillo entró primero, Tommy Bucks iba detrás, vestido con un traje cruzado de seda, camisa blanca que resaltaba contra su piel morena y una corbata de tonos marrones. Harry se hizo a un lado para dejarles pasar, sin que el tipo negro dejara de mirarle directamente a la cara mientras entraba. El Zip puso la mano sobre el hombro del negro y le empujó diciendo:

– Éste es Kennet.

– Kenneth -le corrigió el otro.

El Zip examinó la habitación.

– Es como te dije, Kennet. -Encendió una lámpara y se acercó a una pared llena de fotos en blanco y negro-. Kennet, ¿quién es este tipo? ¿Me lo puedes decir?

– Sí, éste es el tipo -contestó Kenneth, mirando a Harry-. Aposté cinco de dos mil a los Saints y a los Houston Oilers y le pagué el lunes, once billetes con la comisión, delante de este hotel. Un amigo que estaba conmigo es testigo de ello.



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