Pensó en esto sin lamentarse y sin pánico, como en algo práctico: si ahora no estuviese aquí no tendría que preocuparse de que el Zip viniese a verle, si es que «ocuparse» se refería a eso. Este palurdo primitivo enfundado en un traje de mil doscientos dólares y sin educación, hablaba con un acento italiano que apestaba a ajo, aunque pensándolo bien, no era para tanto y no era tan tonto como la mayoría de los tipos de la banda de Jimmy que frecuentaban su club social. El Zip estaba al caer. La única pregunta posible era, ¿a qué estaba esperando?

Harry Arno preparó la maleta en cuanto llegó a su casa aquel jueves por la tarde, 29 de octubre, no con la intención de largarse, aún no, sino en previsión de que tuviese que hacerlo. Hizo el equipaje llevando desde la cómoda las camisas y la ropa interior hasta la maleta abierta sobre la cama y acercándose a las ventanas para mirar Ocean Drive tres pisos más abajo. Esa tarde había ido al baño cada veinte minutos más o menos; pensar en la aparición del Zip le afectaba la vejiga, o quizá fuera la combinación del Zip y la próstata inflamada. Mientras meaba, se imaginaba que el Zip entraba en el edificio, y entonces se la sacudía para volver corriendo a la ventana. Un par de veces estuvo a punto de usar el teléfono de la mesilla, pero si llamaba a Jimmy y le decía lo que pasaba, si le explicaba cómo se había enterado de la encerrona… La manera en que reaccionaría Jimmy sería seguramente: «Vaya, vaya, así que eres amiguete de este poli. ¿Te ofrecieron un trato?» Por mucho que jurara que nunca hablaría ante el juez, sería inútil. Significaría poner su vida en manos de un gilipollas semianalfabeto de ciento cincuenta kilos que nunca sonreía ni había acabado el instituto. Jimmy Cap tenía algunas reacciones fáciles de prever. Harry sabía que si alguna vez le decía a Jimmy que se retiraba, éste le contestaría: «Vaya, no me digas. Tú te retirarás sólo cuando yo te diga que puedes hacerlo.»



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