
– Reconozco a un elefante cuando lo veo -dijo el Zip volviendo la cabeza para mirar a Harry, que estaba a su lado-. Esa foto no, esta otra.
Visto de cerca era todo nariz: ésta dominaba su rostro moreno; parecía más joven de lo que Harry pensaba, cuarenta recién cumplidos, sus ojos parecían soñadores porque los tenía entornados, y los gruesos párpados le daban una apariencia de tipo duro.
– Son jamaicanos cavando zanjas en una plantación de azúcar.
– ¿Y ésta?
– Indios seminolas, o miccosukees, no estoy seguro. Si vas a Tamiami, los verás. Te pasean en lanchas.
El Zip entró en el dormitorio.
– Ahí no hay fotos -dijo Harry. Se volvió hacia Kenneth, que estaba junto a la ventana-. ¿Te das cuenta de lo que me haces? Conseguirás que me maten.
– No haber cogido el dinero -contestó Kenneth por encima del hombro-. Tío, no te puedo ayudar. -Miró otra vez a través de la ventana.
El Zip salió del dormitorio, pasó la mano sobre el suave respaldo de vinilo del sillón colocado delante del televisor.
– Pregúntale a este tipo por qué me acusa -dijo Harry, mirando cómo el Zip se acomodaba en el sillón reclinable y comenzaba a mover el reposapie, subiéndolo y bajándolo.
– Me gusta este sillón, es cojonudo para ver la tele.
– En mi casa tengo dos como ésos -dijo Kenneth.
– Maldita sea -le dijo Harry al Zip, conteniéndose, sin alzar demasiado la voz-, pregúntale por el trato que tiene con los federales. ¿Sabes a lo que me refiero? ¿Lo que está haciendo?
– Déjame preguntarte una cosa -replicó el Zip-. ¿Por qué tienes esas maletas llenas de ropa en el armario? ¿Vas a alguna parte?
Era inútil hablar con él. El Zip decidió que era hora de irse y se acabó. Harry quería decirle: «Mira, los dos estamos del mismo lado, si se trata de creer a este negro o a mí. Llevo doce años con Jimmy Cap y estuve otros diez con el tipo que había antes.» Pero en cuanto el Zip se levantó del sillón…
