
Harry incluso pensó en mencionarle Italia, otra cosa que tenían en común. Decirle al Zip que había estado allí catorce meses durante la Segunda Guerra Mundial y que le encantaba. Preguntarle si alguna vez había visitado Montecatini, cerca de Pisa, donde había pasado un mes a lo grande bebiendo, follando, en el momento que se disolvió la segunda división acorazada y a su compañía la mandaron a un batallón de infantería organizado sobre la marcha, el 473. Contarle al Zip sus aventuras en la guerra, cómo había matado al desertor, un negro del 92, el batallón de color. Contárselo delante de Kenneth: cómo se había equivocado con el tipo, pensado que el desertor era un soldado que la había jodido, que se había largado sin permiso, nada más, y que pasaría algún tiempo en prisión realizando trabajos forzados en el Centro de Entrenamiento Disciplinario hasta que fuera enviado de vuelta a su compañía. Los dos pertenecían al mismo bando, por eso no se lo podía creer cuando el tipo cogió el fusil e intentó matarlo. Estaban los dos en el pasillo, cerca, mirándose las caras mientras el tipo levantaba el fusil para golpearle. Harry tuvo tiempo de usar la pistola que le había dado el teniente. Había reventado al desertor, lo había matado, y no descubrió hasta más tarde que el desertor no tenía nada que perder, que había violado y asesinado a una mujer italiana y que sería juzgado por una corte marcial que seguramente lo condenaría a muerte. Quería preguntarle al Zip si había estado alguna vez donde ahorcaban a los prisioneros, Aversa o algo así.
Preguntarle… ¿Qué más? No tuvo tiempo para decir nada, para saber cuál era su situación, pues en cuanto el Zip se levantó del sillón le hizo una seña a Kenneth para que saliera con él y le empujó fuera del cuarto. La única cosa que Harry tenía clara era que al Zip el sillón le parecía perfecto para ver la tele.
