Había visto las maletas en el vestíbulo, y seguramente eso había aumentado sus sospechas, antes de que ella le dijera que se iba de viaje y, sin darle importancia, que quizá se quedara un par de meses en Estocolmo. Con toda seguridad se había imaginado que pensaba hospedarse sólo en los mejores hoteles. El sueldo de su padre era alto, pero no lo suficiente para que estuviera divirtiéndose por ahí durante un par de meses, hospedándose en los mejores hoteles cuando lo deseara… y él lo sabía muy bien.

Ahora comprendía que Grant Harrington, conociendo la honradez de su padre había pensado que ella, por su afición a divertirse, era quien lo había convertido en un ladrón. ¡Por eso la había tratado con tanta brusquedad! El respeto que había sentido hacia su padre quedó manchado… y por culpa de ella.

Al verlo hundir la cabeza entre las manos, regresó a la realidad. Contuvo el deseo de ir hacia él y abrazarlo, comprendiendo que no resolvería nada con ello, sólo asegurarle que seguía pensando que era el padre más maravilloso del mundo, pero ese cariño que le profesaba se lo demostraría después. Lo más importante por ahora era buscar la manera de ayudarlo a salir del problema.

– Dijiste que al ver a Grant Harrington en la puerta supiste que sospechaba de ti -le dijo, haciendo un esfuerzo para volver al tema-. ¿Tenía algún motivo en particular para pensar que fueras tú el culpable?

– Él no es ningún tonto, Devon -le contestó-. Grant sabía que si alguno de sus empleados podía realizar un desfalco manipulando cifras, del tipo que acababa de descubrirse, lo más probable era que fuera yo, pues no había ninguno que tuviera mi capacidad.

– ¿Vino a acusarte?

Él hizo un movimiento negativo.

– Sólo me presentó los hechos y me preguntó si yo podía darle alguna explicación.

– ¿Le dijiste que no podías?

– Traté… de irme por la tangente, pero él lo sabía. Yo sabía que él sospechaba de mí, aunque no me suspendió de inmediato.



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