
– Será dentro de seis semanas, pero sólo es una formalidad. Va sabes cómo son los médicos.
Devon se levantó de la cama, pensando en su padre y sin sentirse nada feliz. Entró en la cocina con deseos de hacer algo, pero, al mismo tiempo, abrumada por su impotencia para lograrlo: evitar que su padre tuviera que enfrentar, después de todo lo que había pasado, la deshonra final de cumplir una sentencia de prisión.
Al encontrarse con su padre, que ya estaba esperándola, miró a ese hombre que no había dudado en sacrificar su honradez por ella y observó que estaba aún peor, por lo que decidió que no podría quedarse impasible esperando si su suerte final seria la cárcel.
– Buenos días, papá -le dijo, dándole un leve beso en la mejilla-. Siéntate a ver el periódico, mientras preparo el desayuno.
Durante el mismo, que siempre tomaban en la cocina, apenas hablaron y al pensar que esa mañana no tendría prisa, pues no necesitaba ir a la oficina, esa última palabra "oficina" le dio una idea.
La idea creció y comenzó a tomar forma en su mente, hasta hacerla sentir que era necesario ponerla en práctica de inmediato. Sin embargo, comprendió que tenía que hacerlo con cuidado, pues estaba segura de que él se opondría. A las nueve y diez le dijo:
– El doctor Henekssen me dijo que debería hacer ejercicios en forma regular, por lo que creo que me voy a poner una ropa más presentable para ir a la ciudad.
Durante un instante esperó nerviosa, mientras él la miraba con rapidez, frunciendo el ceño. Después sonrió y, sin ofrecer acompañarla, le dijo:
– Hazlo, querida.
Se dio cuenta de que él había pensado que al no tener ya motivos para esconderse de los demás, había decidido olvidarse de todos los malos ratos pasados, entrando en cada una de las tiendas en el centro de Marchworth.
Cuando se dirigía a su habitación pensando qué ropa se pondría, él la llamó de nuevo.
