
Charles Sheffield
Proteo desencadenado
PRIMERA PARTE
S=k ∙ log W
1
Cuando el cambio no puede dar más de sí, es fácil ser fiel.
Encontraron a Behrooz Wolf en los niveles más bajos de la Ciudad Vieja, en una sucia habitación que había visto días mejores en el pasado remoto.
Leo Manx se detuvo en la puerta. Contempló las paredes ajadas y grasientas y el techo lleno de telarañas, se atragantó con el olor rancio y retrocedió un paso. El suelo de la habitación estaba cubierto de viejos envoltorios y restos de comida. El hombre que le acompañaba avanzó. Sonreía por primera vez desde que se conocieron.
—Aquí tiene un residuo de la vieja Tierra. ¿Seguro que todavía lo quiere?
—Tengo que llevármelo, coronel. Órdenes de arriba. —Manx trató de respirar poco a poco mientras avanzaba. Sabía que Hamming se burlaba de él, como había hecho todo el mundo desde que llegó a la Tierra y explicó lo que quería. Lo ignoró; la misión era demasiado importante para dejar que se interpusieran asuntos insignificantes.
El mobiliario era mínimo: una cama, un grifo de comida, un sanitario y un sillón acolchado. A medida que Manx avanzaba, el olor empeoró; definitivamente, procedía del hombre desplomado en el sillón. Calvo, ojeroso y sucio, contemplaba la holografía a tamaño natural de una mujer rubia y sonriente que cubría la mayor parte de una pared manchada de humedad. La parte inferior de la holografía mostraba un poema en letras de seis centímetros de altura.
Ignorando al hombre y la holo, el coronel Hamming se agachó para inspeccionar una cajita de metal que había en el suelo, junto al sillón. Trenzas de cables multicolores corrían de la caja a los electrodos que el hombre sentado tenía en la cabeza. Hamming observó su emplazamiento, la nariz a sólo unos centímetros de los controles.
