
Como jefe de la Oficina de Control de Formas («antiguo jefe», se recordó), Bey Wolf se consideraba a sí mismo por encima de los caprichos de la moda. Llevaba su forma natural, con cambios menores debidos a diversas curaciones. Eso lo convertía en una rareza. La gente de las aceras se parecía cada vez más. Era… ¿tranquilizador? No. Aburrido. Tras unos minutos, sintonizó su implante para recibir los canales de comunicación.
Tenía un montón de noticias en las que ponerse al día. Con su retirada a la Ciudad Vieja y su subsiguiente inmersión en el tanque de cambio de formas, se había perdido una batalla política menor sobre los niveles óptimos de población, el lanzamiento de una nueva forma aviana por parte de la CEB, una revisión del Acta de Conservación de Especies que se aplicaba a toda la Tierra, la destitución del jefe de la Federación Espacial Unida bajo la acusación de corrupción, y un acalorado intercambio de insultos entre los Gobiernos del Sistema Interior y el Sistema Exterior relativo a los derechos energéticos del Anillo de Núcleos.
También, aunque esto no era nuevo, se había perdido setenta y cinco días de un verano perfecto. ¿Pero por qué contar el tiempo, cuando ya no tenía un empleo? El proceso de biorrealimentación no podía hacer más que responder a su voluntad, así que poca duda había de que quería vivir, en el fondo. ¿Pero para qué?
«Qué cansada, rancia, monótona y aburrida…» Y en ese mohiento, antes de que las palabras pudieran completarse en su mente, la locura empezó de nuevo. Las aceras móviles y la escena del noticiario se oscurecieron cuando otra imagen se superpuso a ellas.
El Bailarín. Había vuelto. Vestido con un ajustado traje escarlata, cubrió el campo de visión de Bey. Danzaba hacia atrás con movimientos como de muñeco, agitando brazos y piernas.
