Había una curiosa música de fondo, desafinada y melódica a la vez, y el hombre cantaba en algo que parecía chino. En mitad del campo de visión se detuvo y sonrió directamente a Bey. Sus dientes eran negros y afilados hasta las puntas, y su rostro era tan rojo como su traje. Volvió a hablar, pareció formular una pregunta, y luego saludó, se dio la vuelta y se perdió de vista bailando hacia atrás.

Bey se estremeció y se llevó una mano a la cabeza. Había oído las palabras de Manning en los subterráneos de la Ciudad Vieja, pero el coronel se equivocaba. La pérdida de Mary había sido dolorosa; pensaba en ella cada día, y siempre llevaría consigo su holograma. Pero algo más lo había hecho rebasar el límite y buscar el solaz de la máquina de sueño: la convicción de su propia locura.

Desde la primera aparición del Bailarín, había comprobado todas las fuentes posibles de la señal. Nadie más podía verla… ni siquiera al sintonizar el mismo canal que Bey. Todas las pruebas de una señal externa habían sido negativas. Había remedado la forma de hablar del Bailarín, todo lo que podía recordar de ella, y especialistas en lingüística y semiótica le habían dicho que no concordaba con ningún lenguaje conocido. Y lo peor de todo: cuando Bey pasaba a modo grabación, la señal desaparecía. Nunca estaba allí para volver a ser reproducida. Los médicos y los psiquiatras eran unánimes: la señal se generaba dentro de la cabeza del propio Bey. Sufría «perturbación perceptiva» de una «forma severa y progresiva, intratable y con una fuerte prognosis negativa».

En otras palabras, se estaba volviendo loco. Y nadie podía hacer nada al respecto. Y empeoraba. El Bailarín, al principio apenas un punto en el horizonte de la escena, se acercaba a buen ritmo.

Y la ironía definitiva: ¡Mientras Mary y él vivieron juntos, a Bey le preocupaba la cordura de ella, su estabilidad mental! Él era la roca contra la que las mareas de la locura romperían en vano.



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