
Leo Manx le esperaba en una habitación tan fría que Bey podía ver su propio aliento en el aire. El nubáqueo permaneció de pie el tiempo suficiente para estrecharle la mano e indicarle que se sentara, y luego se hundió con un suspiro de alivio en las profundidades de un sillón de agua que se plegó alrededor de su fino cuerpo. La cabeza que quedó asomando sonrió, pidiendo disculpas.
—Usé un programa de cambio de forma para adaptarme a la gravedad de la Tierra antes de salir del Sistema Exterior. —Su encogimiento de hombros emergió como una oleada en la cobertura de plástico negro del sillón—. No creo que fuera muy bueno.
«Una pieza de vuestro piojoso software, por lo que parece.» Bey simplemente asintió y esperó.
Manx permaneció en silencio unos instantes, y luego dijo bruscamente:
—Verá, mi visita a la Tierra se debe a un motivo muy concreto: verle y pedirle su ayuda… como jefe de la Oficina de Control de Formas y principal experto en teoría y práctica del cambio de formas.
—Llega un poco tarde. Ya no trabajo para la Oficina.
—Sé que ése es el caso. Oí que había… renunciado a su puesto.
—No hace falta ser diplomático. Me despidieron.
La pálida cabeza se agitó.
—En verdad, lo sabía también. Puede que le sorprenda saber que desde nuestro punto de vista, su despido ofrece ventajas.
—Ninguna desde mi punto de vista.
—Mi tarea es convencerle de lo contrario. —Leo Manx se estiró hacia arriba, su fino cuello y su cabeza sin pelo asomando como la de una tortuga del negro óvalo del sillón—. Para hacerlo, debo solicitar su silencio sobre lo que voy a decirle.
