
—Es usted un hombre concienzudo y persistente, doctor Manx. No me quejo… lo respeto por ello. No puedo contestar a su pregunta. Tal vez tenga miedo de volver a ver a Mary. Pero en todo caso, sigo rehusando. Dígales a sus superiores que me siento honrado de que hayan pensado en mí.
—Sí, por supuesto. Pero si por casualidad cambia de opinión… —dijo Manx mientras Bey se dirigía hacia el ascensor—. ¡Estaré aquí, en la Tierra, dos días más! Llámeme, a cualquier hora.
Pero Bey ya no podía oírle. La pregunta final sobre Mary le había afectado más de lo debido. ¿Lo había superado, o no? ¿Rechazaría un problema potencialmente fascinante sólo porque podría verse obligado a ver a Mary con el hombre que había elegido en vez de a él?
Ignoró el acelerado trayecto hasta la superficie, ignoró las aglomeraciones vespertinas que le empujaban desde las aceras. La invitación a cenar de Manx no se había cumplido, pero en cualquier caso Bey había perdido el apetito. Saltó peligrosamente de un carril veloz a otro lento, dejó la acera móvil y corrió a su apartamento. Cogió al azar un cubo de proyección del archivo (todos eran de Mary, había poca diferencia), y se sentó a verlo.
Como era de prever, se trataba del que más odiaba, pero también del que más veces había visto. Mary en un musical de aficionados, vestida con una larga túnica, gorra y parasol, y cantando con la dulce vocecita artificial de una niña pequeña: «Déjalo ir, deja que tarde, déjalo hundirse o déjalo nadar. No le importo, y no me importa. Puede irse y encontrar a otra, y espero que se lo pase bien, porque yo voy a casarme con un chico más guapo.»
Bey sintió que su corazón se marchitaba por dentro mientras observaba. En ella no se había ajado nada: dolía tanto como siempre. Extendía la mano para cortar el cubo cuando la recatada figura de Mary Walton ondeó y se oscureció. Una nueva escena se superpuso a la antigua y familiar.
