—Muy bien, señor Wolf —dijo una voz satinada y precisa a través del comunicador situado en el rincón de la sala—. El Bardo lo escribió, y tal vez lo creía. ¿Y usted?

Bey Wolf se volvió, lenta y cautelosamente. La unidad no mostraba ninguna señal visual. Avanzó y conectó su vídeo y grabador.

—No me ha dejado terminar la cita. Dice: «El hombre no me complace, no, ni la mujer tampoco.» Y déjeme señalar que éste es mí apartamento privado. ¿Quién es usted, y cómo demonios consiguió mi comcódigo personal?

—Lo he traído aquí. —La voz no demostraba ninguna turbación—. Ayudé a sacarlo de la Ciudad Vieja… por eso, puede darme las gracias o maldecirme. Lo metí en ese tanque de cambio de formas. Y me quedé, lo suficiente para conectar su unidad de comunicaciones y anotar su código de acceso. —La pantalla fluctuó y en ella apareció la imagen de un hombre—. No quiero inmiscuirme en su intimidad, y advertirá que no he recibido ninguna señal visual hasta que usted ha conectado ese canal. Estoy seguro de que aún se siente débil, pero debo hablar con usted en cuanto se haya recuperado. Me llamo Leo Manx. Soy miembro de la Federación del Sistema Exterior.

—Eso se nota con sólo mirarle. ¿Qué quiere?

—Eso no puede discutirse a través de canales públicos. Si pudiera regresar a su apartamento, o si accediera a visitarme en la embajada… mi tiempo es suyo. He venido desde la Nube Exterior específicamente para buscarle. Quizá podría reunirse conmigo para cenar… si se siente capaz de comer tan pronto después de un tratamiento pleno.

Behrooz Wolf observó al otro hombre. Leo Manx tenía el aspecto pintoresco del nubáqueo de cuarta generación: pecas marrones en una piel blanca como la tiza; constitución fina y angulosa; brazos muy largos, zambos, y de piernas huesudas.



8 из 253