Se estremeció, alzó el brazo para protegerse los ojos, y se derrumbó en el asiento acolchado. Durante cinco minutos se movió solamente para inclinarse hacia delante y expectorar esputo residual. Finalmente, hizo acopio de fuerzas, se levantó y salió del tanque. Avanzó dos pasos, recuperó el equilibrio y se quedó de pie, tambaleándose. En cuanto estuvo seguro de su propia estabilidad, cogió la toalla que colgaba junto al tanque, se envolvió con ella la cintura y se giró hacia el tanque de cambio de formas. Otro momento para hacer acopio de voluntad, y luego cogió la puerta y la cerró con firmeza.

Fue un último paso ritual; su primera decisión, tras la silenciosa determinación de vivir. Rechazó la idea de drogas tranquilizantes que aliviaran los rigores de la transición. Cruzó en cambio la habitación hasta un espejo de cuerpo entero y contempló su propio reflejo.

El cristal mostraba un hombre semidesnudo de unos treinta años, de cabello y ojos oscuros, estatura y constitución medias. La nueva piel de su cuerpo aún tenía la textura propia de un bebé, aunque estaba pálida y arrugada por la larga inmersión. Pronto se alisaría y maduraría hasta adquirir un profundo tono marfil. El rostro que lo observaba era de nariz y boca finas, con un sesgo cínico en los rojos labios y ojos reflexivos y cautelosos.

Se examinó a sí mismo con ojo crítico, probó su mandíbula, alzó un párpado con un dedo para inspeccionar el claro y sano blanco alrededor del iris marrón, miró dentro de su boca los dientes y la lengua, y finalmente se pasó los dedos por el renovado cabello. Flexionó los hombros, hinchó el pecho hasta el máximo, movió el cuello adelante y atrás, y suspiró.

—Y allá vamos otra vez. ¿Pero por qué molestarse? —habló en voz baja a su reflejo—. «Qué gran obra es el hombre. Cuan noble de razón, cuan infinito en facultad. En forma, en movimiento, cuan expresivo y admirable. En acción, cuánto se parece a un ángel; en aprensión, cuan similar a un dios. La belleza del mundo, el parangón de los animales.»



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