
Bueno, Joril parecía ideal. El segundo planeta de aquel sol, con más agua que la Tierra, ofrecía un clima templado por doquier. El bioquímico estaba convencido de que podríamos comer alimentos indígenas, y no parecía haber más gérmenes de los que el UX-2 podía manejar. Mares, bosques, prados, nos hacían sentir como en casa, y las incontables diferencias con la Tierra añadían encanto a la cosa. Los indígenas eran salvajes, es decir, dependían de la caza, la pesca y la agricultura para procurarse las subsistencias. De modo que supusimos que existían millares de pequeñas culturas y escogimos la que nos pareció más avanzada: y no es que la observación aérea indicara mucha diferencia.
Aquella gente vivía en aldeas limpias y exquisitamente decoradas a lo largo del litoral occidental del mayor de los continentes, con bosques y colinas detrás de ellos. El contacto se estableció fácilmente. Nuestros semánticos tropezaron con muchas dificultades en lo que respecta a su idioma, pero los aldeanos no tardaron en entender el inglés. Su hospitalidad era de lo más cordial siempre que recurríamos a ella, pero permanecían alejados de nuestro campamento a menos que les invitáramos de un modo explícito. Nos instalamos con un profundo suspiro de felicidad.
Pero desde el primer momento hubo ciertos síntomas alarmantes. Aún admitiendo que tenían gargantas y paladares humanoides, no esperábamos que los indígenas hablaran un inglés sin acento en un par de semanas. Todos ellos. Y era evidente que lo hubieran aprendido con más rapidez, si se lo hubiésemos enseñado de un modo sistemático.
