
Una vez superado el ajetreo inicial y remansadas nuestras impresiones, llegamos a la conclusión de que habíamos caído en un sitio que valía la pena estudiar más a fondo. En primer lugar, necesitábamos examinar algunas otras zonas para asegurarnos de que aquella cultura Dannicar no era un fenómeno aislado. Después de todo, los Mayas neolíticos habían sido buenos astrónomos; y los hierroagrícolas griegos habían desarrollado una filosofía de alto nivel. Estudiando los mapas que habíamos trazado mientras estábamos en órbita, el capitán Barlow escogió una gran isla que se encontraba a unos 700 kilómetros al Oeste. Preparamos un bote espacial que debían tripular cinco hombres.
Piloto: Jacques Lejeune. Mecánico: yo. Representante militécnico federal: comandante Ernest Baldinger, de la Fuerza Espacial del Gobierno Solar. Representante civil del Gobierno: Walter Vaughan. Agente comercial: Don Haraszthy. Este último y Vaughan eran los jefes, en tanto que los demás debíamos ocuparnos de las múltiples tareas planetográficas.
Emprendimos el vuelo inmediatamente después de la salida del sol, de modo que teníamos ante nosotros dieciocho horas de luz diurna. Recuerdo lo bello que era el mar debajo de nosotros, semejante a una enorme bola de metal, plateada en los lugares bañados por el sol, cobalto y verde cobre más allá. Luego apareció la isla, cubierta de espesos bosques, con inmensas manchas de vegetación carmesí. Lejeune escogió como lugar de aterrizaje un claro del bosque, a unos dos kilómetros de una aldea que se alzaba junto a una amplia bahía. El aterrizaje fue perfecto. Lejeune es un piloto excelente.
