
—Bueno… —Haraszthy irguió sus dos metros de estatura y se desperezó hasta que todas sus articulaciones crujieron. Su peso era el que correspondía a su estatura, y su rostro aquilino conservaba las huellas de antiguas batallas. La mayoría de Comerciantes son rudos y pragmáticos extravertidos; tienen que serlo del mismo modo que los representantes civiles tienen que ser lo contrario. Aunque ello provoca conflictos—. Vamos para allá.
—No tan aprisa —dijo Vaughan: un joven delgado, con una mirada incisiva—. Esa tribu no ha oído hablar nunca de los seres de nuestra especie. Si se han dado cuenta de nuestro aterrizaje, pueden estar asustados.
—Razón de más para que vayamos a sacarles de su error —dijo Haraszthy, encogiéndose de hombros.
—¿Todos nosotros? ¿Habla usted en serio? —preguntó el comandante Baldinger. Reflexionó un poco—. Sí, supongo que sí. Pero el responsable soy yo, Lejeune y Cathcart se quedarán aquí. Los demás iremos a la aldea.
—¿Por qué tengo que quedarme? —protestó Vaughan.
—¿Conoce usted alguna solución mejor? —preguntó Haraszthy.
—En realidad…
Pero nadie le escuchó. El gobierno actúa de acuerdo con teorías preestablecidas, y Vaughan era demasiado novato en el Servicio de Reconocimiento para comprender cuán a menudo hay que prescindir de las teorías. Estábamos impacientes por salir al exterior, y yo lamentaba no formar parte de la expedición que iría a la aldea. Desde luego, alguien tenía que quedarse, dispuesto a reclamar ayuda si se presentaban dificultades graves.
El claro estaba cubierto por una hierba muy alta y la brisa olía exclusivamente a canela. Los árboles se erguían contra un cielo intensamente azul; la rojiza luz del sol se derramaba a través de flores silvestres de tonos púrpura y de insectos voladores de color bronce.
