
Anka iba levantando lentamente una mano, con los dedos muy abiertos, y su rostro tenía una expresión forzada y adulta. Antón levantó aún más la ballesta, y pulsó el gatillo. No pudo ver dónde se clavó la flecha.
— Fallé — dijo con voz muy alta.
Avanzó a grandes zancadas por la senda, con las piernas rígidas. Pashka se pasó el cucurucho por la cara, lo sacudió y empezó a atarse el pañuelo a la cabeza. Anka se agachó y recogió su ballesta. Si me diera con ella en la cabeza, pensó Antón, le daría las gracias. Pero Anka ni lo miró. Por el contrario, se giró hacia Pashka y le dijo: — ¿Vamos?
— Sí, vamos — dijo Pashka. Miró a Antón, y se golpeó la frente con el dedo índice en un gesto muy significativo.
— Te asustaste, ¿verdad? — dijo Antón.
Pashka volvió a golpearse la frente con el dedo, y se fue con Anka. Antón los siguió despacio, procurando reprimir las dudas que le asaltaban.
¿Qué he hecho, a fin de cuentas? se preguntó a sí mismo. ¿Por qué se han disgustado? Pashka, por supuesto, se asustó. Aunque es difícil saber quién de los dos sufrió más: si Guillermo padre o Tell hijo. Pero, ¿y Anka? Posiblemente sintió miedo por Pashka. ¿Y qué podía hacer yo? Ahora voy tras ellos como un pariente pobre. Debería marcharme. Torciendo a la izquierda hay un buen pantano. Podría coger una lechuza. Pero ni siquiera retardó el paso. Esto significa que será para siempre, pensó. Así ocurre con frecuencia.
Llegaron a la Carretera Olvidada antes de lo que pensaban. El sol estaba todavía muy alto, y hacía calor. Sentían la picazón de las agujas de pino que se les habían metido por el cuello. La carretera estaba cubierta por dos hileras de losas de hormigón, de color gris rojizo, agrietadas. Por las juntas entre las losas crecía abundante hierba seca. La cuneta estaba invadida por polvorientas bardanas. Por encima de la carretera pasaron zumbando unos abejorros. Uno de ellos chocó contra la frente de Antón. Todo era silencio y tranquilidad.
