
— ¡Hey, mirad! — dijo Pashka.
En mitad de la carretera, colgado a cierta altura de un mohoso alambre tendido transversalmente, había un disco de hojalata cubierto de descascarillada pintura. Apenas se divisaba lo que había pintado en él: un rectángulo blanco sobre un fondo que alguna vez había sido rojo.
— ¿Qué será esto? — preguntó Anka, sin mucho interés.
— Una señal de circulación — respondió Pashka —. Significa: «dirección prohibida».
— Es un «ladrillo» — aclaró Antón.
— ¿Y para qué sirve? — volvió a preguntar Anka.
— Para indicar que no se puede ir en aquella dirección — dijo Pashka.
— Entonces, ¿qué objeto tiene esta carretera?
Pashka se encogió de hombros.
— Es una carretera muy antigua — dijo.
— Es una carretera anisótropa — intervino Antón, Anka estaba vuelta de espaldas a él —.
Solamente se permite la circulación en un sentido.
— Sí, nuestros antepasados eran listos — dijo Pashka pensativamente —. Después de recorrer kilómetros y kilómetros, te encuentras con una señal: «¡Alto! dirección prohibida.» No puedes seguir adelante, ni tienes a nadie a quien preguntar.
— ¡Imagina lo que puede haber más allá de esta señal! — dijo Anka, y miró a su alrededor. En muchos kilómetros a la redonda no había más que e! bosque inhabitado y era imposible encontrar a nadie que pudiera aclarar qué se ocultaba más allá de la señal — ¿Y si no fuera un «ladrillo»? — añadió —. La pintura ha caído casi por completo.
Entonces, Antón apuntó cuidadosamente y disparó. Sería estupendo que la flecha rompiera el alambre, y la señal fuera a caer a los pies de Anka. Pero no ocurrió así. La flecha fue a dar en la parte superior del disco, traspasó la oxidada hojalata, y lo único que cayó al suelo fueron fragmentos de pintura seca.
