
— A cualquier parte. Cuanto más lejos, mejor. Muchos huyen a Irukán. Intentaré llegar allí.
— Entiendo, entiendo — dijo Rumata —. Y seguramente has pensado que algún noble Don podrá ayudarte a pasar el puesto fronterizo.
Kiun no respondió.
— ¿O acaso crees que este noble Don no sabe quién es el alquimista Kiun de la Calle de la Hojalata?
Kiun siguió callado. Creo que no he hablado como debía, pensó Rumata. Entonces se levantó, apoyándose en los estribos, y gritó, imitando la voz del pregonero de la Real Plaza: — ¡Se te acusa y eres culpable de horrorosos e imperdonables crímenes contra Dios, la Corona y la Seguridad!
Kiun seguía callando.
— ¿Y si este noble Don adorara a Don Reba y fuera fiel de todo corazón a la palabra y obra de las Milicias Grises? ¿No crees que esto pueda ser posible?
Kiun no pronunciaba palabra. A la derecha de la carretera fue destacándose de la oscuridad la quebrada sombra de una horca. Del travesaño pendía un cuerpo desnudo, colgado por los pies. No hay modo de sacarle nada, pensó Rumata. Tiró de las bridas, cogió a Kiun por un hombro y lo hizo girarse hacia él.
— ¿Y si te cuelgo ahora mismo al lado de ese vagabundo? — dijo, mirando el pálido rostro y las oscuras fosas de sus ojos —. Yo personalmente. Pronto y con facilidad. Con una buena cuerda arkanareña. En nombre de los ideales. ¿Por qué no hablas de una vez, sabihondo Kiun?
Kiun seguía sin responder. Pero castañeteaba los dientes y se retorcía bajo la mano de Rumata como una lagartija atrapada bajo una bota. En aquel momento algo cayó a la cuneta de la carretera, y se oyó un chapoteo. Y, como si quisiera ahogar ese ruido, Kiun comenzó a gritar desesperadamente: — ¡Cuélgame! ¡Cuélgame, traidor!
Rumata tomó aliento y soltó a Kiun.
— No temas — dijo —. Sólo era una broma.
— Mentira, mentira… — refunfuñó Kiun —. ¡Por todas partes mentira!
