
— Permitidme ir junto a vos — dijo, haciendo una reverencia.
— Está bien — dijo Rumata, dando un tirón a las bridas —. Puedes sujetarte al estribo.
El hombre echó a andar al lado de Rumata. Llevaba el sombrero en la mano, y en su cabeza relucía una gran calva. Parece un comerciante, pensó Rumata. Irá comprando lino o cáñamo a los barones y asentadores. Pero tiene que ser atrevido… Aunque quizá no sea comerciante. Tal vez sea un intelectual. Un fugitivo. Un proscrito. Esos son quienes más andan de noche por las carreteras en estos tiempos. Claro que también puede ser un espía…
— ¿Quién eres y de dónde vienes? — preguntó Rumata.
— Me llamo Kiun — dijo el hombre tristemente —. Vengo de Arkanar.
— Creo más bien que huyes de Arkanar.
— Sí, noble Don; huyo de Arkanar.
Un pobre hombre, se dijo para sí mismo Rumata. ¿O tal vez un espía? He de probarlo ¿Y para qué? ¿Qué me importa? ¿Quién soy yo para probar a nadie? ¿Por qué no he de creer en lo que me dice? Está claro que es un intelectual que huye de la ciudad para salvar su vida. Va solo y tiene miedo, y como es débil busca protección. Ha encontrado a un aristócrata. Los aristócratas, por su orgullo y estupidez, no entienden de política, pero sus espadas son largas y no les gustan los Grises. ¿Qué impide pues que Kiun busque el desinteresado amparo de un aristócrata estúpido y orgulloso? No, no lo probare. No es necesario. Hablaré con él para pasar el rato, y luego nos despediremos como buenos amigos.
— Kiun… — murmuró —. Yo conocía a un Kiun. Vendía drogas y era alquimista. Vivía en la Calle de la Hojalata. ¿Eres pariente suyo?
— Sí, noble Don — dijo Kiun —. Pariente lejano. Pero a ellos les da lo mismo… hasta la duodécima generación.
— ¿Y hacia dónde huyes, Kiun?
