— Sí, es interesante — dijo Antón, pensativo. Bajo su ventana también había un arriate con flores a las que «el viento no las dobla ni las abate la tormenta». Pero nunca les prestó la menor atención.

Anka se detuvo, lo esperó, y le ofreció las fresas que llevaba en la mano. Antón cogió tres.

— Coge más — dijo Anka.

— No, gracias — respondió Antón —. Me gusta irlas tomando una a una. Katia la Virgen no es mala persona, ¿verdad?

— Según para quién — saltó Anka —. Cuando una tiene que soportar el que cada tarde le diga que tiene los pies sucios…

Anka no dijo nada más. Ir con ella a través del bosque, juntos, sintiendo el roce de sus codos desnudos, contemplando su belleza y su agilidad, y sintiendo la extraordinaria dulzura de sus grandes ojos grises orlados de negras pestañas, era algo sumamente agradable.

— Sí — dijo Antón, al tiempo que alargaba la mano para apartar una telaraña que relucía al sol —. Está claro que ella no tendrá nunca los pies sucios. Si a ti te llevaran en brazos cuando tienes que pasar un charco, tampoco te mojarías los pies.

— ¿Y quién la lleva a ella?

— Henrik, el de la estación meteorológica. Ya lo conoces. El fuertote del pelo blanco.

— ¿De veras?

— Claro que sí. ¿Y qué tiene eso de particular? Todo el mundo sabe que están enamorados.

Volvieron a guardar silencio. Antón miró a Anka. Los ojos de la muchacha parecían dos rendijas negras.

— ¿Cuándo ocurrió eso? — preguntó ella.

— Una noche de luna — respondió desganadamente Antón —. Pero no sueltes la lengua por ahí.

Anka sonrió.

— A ti nadie te ha lirado de ella, Toshka — dijo —. ¿Quieres más fresas?

Antón cogió maquinalmente varias fresas de la mano de la muchacha y se las llevó a la boca. No me gusta la gente excesivamente charlatana, pensó. No la soporto. Por fin le pareció haber hallado un argumento eficaz y dijo: — Con el tiempo, también a ti te llevarán en brazos. ¿Te gustará entonces que vayan hablando de ello?



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