
Entraron en el bosque. Era de espaciados pinos, y los pies resbalaban sobre la hojarasca. Los oblicuos rayos del sol se filtraban por entre los rectos troncos, proyectándose sobre la tierra y formando manchas doradas. Olía a resina, a lago y a fresas. Allá en el cielo trinaban invisibles pajarillos.
Anka iba delante. Llevaba la ballesta bajo el brazo, y de tiempo en tiempo se agachaba para recoger el fruto, rojo como la sangre y pulido como el charol, de las fresas. Antón la seguía, con su sólido artefacto bélico al hombro. Su carcaj, repleto de buenas flechas de combate, golpeaba rítmicamente sus nalgas. Iba observando el cuello de Anka, que estaba tan tostado por el sol que parecía negro, y en el que sobresalían algunas vértebras. De vez en cuando miraba a su alrededor buscando a Pashka, pero no se le veía por ningún lado. Solo de tanto en tanto, a derecha e izquierda, fulguraba por unos instantes su pañuelo rojo al sol. Antón se lo imaginaba deslizándose silenciosamente entre los pinos, con la escopeta preparada para disparar, inclinando hacia adelante su enjuta cara de ave de rapiña. Pashka se escondía por la saiva. La saiva tiene a veces bromas pesadas. Amigo, cuando la saiva pregunta, hay que responder a tiempo, pensó Antón, y sintió deseos de agacharse también. Pero delante de él iba Anka, y podría verlo. Hubiera hecho el ridículo.
Anka se giró y preguntó: — ¿Os escabullísteis sin hacer ruido?
Antón se encogió de hombros.
— ¿Y quién se escabulle haciendo ruido?
— Yo creo que sí hice ruido — dijo Anka, preocupada —. Tiré sin quererlo la jofaina, y oí pasos en el pasillo. Seguramente era Katia la Virgen, hoy le tocaba guardia. Tuve que saltar el arriate. Toshka, ¿qué llores crees que son las que crecen en ese arriate?
Antón frunció el ceño.
— ¿Debajo de tu ventana? No sé. ¿Por qué lo preguntas?
— Porque tienen que ser unas flores especiales. «El viento no las doblega ni las abate ¡a tormenta». Llevamos años enteros saltando sobre ellas, y siguen como nuevas.
