
Antón se levantó de un salto. Pashka venía andando a su encuentro desde los helechos, de espaldas y con los brazos en alto. La voz de Anka interrogó: — Toshka, ¿lo ves?
— Como si estuviera entre mis manos — respondió Antón alegremente —. ¡No te vuelvas! — le gritó a Pashka —. ¡Las manos detrás de la cabeza!
Pashka obedeció sumisamente y declamó: — No diré nada.
— ¿Qué hacemos con él, Toshka? — preguntó Anka.
— Ahora lo verás — respondió Antón, mientras se sentaba cómodamente en el tocón y se ponía la ballesta sobre las rodillas —. ¿Cómo te llamas? — gritó, imitando la voz de Hexe el Irukano.
Pashka se encogió de hombros, dando a entender su desprecio e insumisión. Antón disparó. La pesada flecha fue a clavarse con un chasquido en la rama que colgaba sobre la cabeza de Pashka.
— ¡Oh! — exclamó Anka.
— Me llaman Bon Saranchá — confesó desganadamente Pashka —. «Y aquí caerá, por lo que se ve, uno de aquellos que juntos estaban.» — Famoso bandido, ciertamente — admitió Antón —. Pero nunca hizo nada desinteresadamente. ¿Quién te mandó?
— Don Satarín el Cruel — respondió Pashka.
Antón dijo despectivamente: — Hace dos años que esta mano mía cortó, en el Soto de las Espadas, la pestilente vida de ese tal Don Satarín.
— ¿Quieres que le meta una flecha en el cuerpo? — preguntó Anka.
— Esperad — se apresuró a decir Pashka —. Había olvidado por completo que quien me mandó verdaderamente fue Arata el Hermoso. Me prometió cien piezas de oro por vuestras cabezas.
Antón se palmeó la rodilla.
— ¡Qué embustero! — exclamó —. ¿Cómo es posible que Arata el Hermoso trate con un canalla como tú?
— Déjame que lo ensarte con una flecha — rogó Anka con voz sanguinaria.
Antón se echó a reír satánicamente.
— Bueno — dijo Pashka —, tú tienes un talón herido. Ya deberías estar desangrado.
