
— Eso es lo que tú crees — repuso Antón —. En primer lugar, durante todo este tiempo estoy mascando corteza de árbol blanco, y en segundo, dos hermosas bárbaras me han vendado ya la herida.
Los helechos se movieron, y Anka salió a la vereda. Tenía un arañazo en la cara y las rodillas manchadas de barro y hierba.
— Ya es hora de que lo arrojemos al pantano — opinó —. Cuando el enemigo no quiere rendirse, se le destruye.
Pashka bajó los brazos.
— Olvidas las reglas del juego — dijo, dirigiéndose a Antón —. Contigo uno tiene la impresión de que Hexe es una buena persona.
— ¿Y qué sabes tú? — Antón salió también a la vereda —. La saiva tiene bromas pesadas, mercenario indecente.
Anka le devolvió a Pashka su escopeta.
— ¿Siempre os disparáis así el uno al otro? — preguntó con asombro.
— ¡Claro! — se sorprendió Pashka —. ¿Qué crees que vamos a hacer, gritar «pum-pum» y «chic-chic»? En el juego ha de haber cierto riesgo.
— Por ejemplo — añadió Antón distraídamente —, con frecuencia jugamos a Guillermo Tell.
— Turnándonos — aclaró Pashka —. Un día soy yo quien se pone la manzana en la cabeza, y el otro día es él.
Anka los miró.
— ¿De veras? Sería interesante verlo.
— Por nuestra parte no hay inconveniente — dijo Antón con rapidez —. Lástima que no tengamos ninguna manzana.
Pashka sonrió abiertamente. Entonces Anka le quitó el pañuelo que llevaba en la cabeza e hizo un cucurucho con él.
— La manzana es una cosa convencional — dijo —. Eso también puede servir de blanco. Vamos, juguemos a Guillermo Tell.
Antón cogió el cucurucho rojo y lo examinó detenidamente. Después miró a Anka a los ojos. Seguían siendo dos rendijas. A Pashka todo aquello le seguía pareciendo muy divertido. Antón le pasó el cucurucho.
— «A treinta pasos no fallo una carta — declamó con voz tranquila —. Con pistolas conocidas, naturalmente.» — ¿De veras? — exclamó Anka. Y, dirigiéndose a Pashka, añadió — : ¿Y tú, querido? ¿Le dañas a una carta a treinta pasos?
