
¡Bien podría él arrojarse al río! La joven no estaba dispuesta a obedecer órdenes de nadie. Así que salió de su habitación y se dirigió a comprar algunas tarjetas postales. Tiempo después, se dedicó a escribir a algunos parientes, a Gwennie y a la señora Brighton, así como a todo el personal en Thorneloe Hall. También les envió tarjetas postales a algunos amigos, a su hermano y al otro tirano que conocía: su padre.
Después de depositar las tarjetas en el correo y terminar su café en el restaurante del hotel, aún se sentía reacia a ir a la casa del pintor. Entonces recordó al viejo señor Wadcombe, acabado de salir del hospital. De seguro, también le gustaría recibir una postal de Hungría.
Luego de seleccionar, comprar y enviar la tarjeta, Ella regresó a su habitación y tomó una ducha. Después de cepillar su largo y hermoso cabello rojizo, se puso un conjunto de vestir color ámbar y comenzó a empacar el resto de su ropa. Entonces bajó a la recepción a liquidar su cuenta.
Bajo el sol de mediodía, se introdujo en el taxi que la llevaría al hogar del tal Zoltán Fazekas. Ella no era una persona nerviosa, pero al ver la forma de manejar del chofer, la chica se preguntó si habría reglas de tránsito en Hungría. Aunque en realidad su nerviosismo no tenía nada que ver con la velocidad del vehículo.
La residencia de Zoltán Fazekas se encontraba en un área exclusiva de la ciudad, en las llamadas Colinas Buda, que estaban del otro lado del Danubio.
– Köszönöm -agradeció ella en húngaro al taxista, al mismo tiempo que le daba una generosa propina, una vez que llegó a su destino.
Cuando el taxi partió, Ella se volvió hacia la pequeña, aunque vistosa, puerta frente a ella y tocó el timbre. Una mujer regordeta vestida de color azul marino acudió a su llamado.
– Jó napot -la saludó en tono grave y, notando las maletas en el piso, abrió la puerta de par en par, indicándole en apariencia que la estaba esperando-. ¡Oszvald! -gritó hacia adentro, y en seguida pronunció una serie de palabras que Ella no entendió-. Nem, Oszvald -dijo, señalando las maletas. Tal parecía que él era el encargado de llevarlas adentro. Entonces apareció un hombre de baja estatura, igual de regordete que la mujer y, en apariencia, de la misma edad. Ella entró en el recibidor y se encontró con Oszvald.
