Ella era la principal organizadora de una tienda de beneficencia de la ciudad. Y puesto que su marido no le permitía a su hija trabajar por un salario, ésta le ayudaba en la tienda dos días a la semana, así como en las otras muchas obras de caridad que Constance promovía.

Sin embargo, al llegar la noche todos los posibles obstáculos habían sido hechos a un lado. Dos buenos amigos de Ella, Hatty Anvers y Mimi Orchard, aceptaron ayudar en la tienda mientras las dos salían de vacaciones. Lo único que faltaba era informarle a Rolf Thorneloe acerca de los nuevos planes.

Para no irritar a su padre antes de darle la noticia, Ella se propuso no llegar tarde a la cena. Su hermano David, dos años más grande que la joven y de carácter dulce y apacible como el de su madre, ya estaba presente cuando la chica arribó.

“Mi querido hermano”, pensó la joven al verlo. Aunque Ella y su padre podían enfrascarse en furiosas riñas, no así David, quien prefería callar sus opiniones para evitar altercados. Un año antes, sin embargo, los había sorprendido al protestar con energía, después de ser regañado por su padre.

– ¡Serás tratado como un adulto cuando actúes como tal! -exclamó el señor en esa ocasión. Y debido a su mal humor, continuó haciéndoles la vida imposible a todos durante el resto de la semana.

– ¿Ninguna cita esta noche, David? -preguntó Ella, orando para que no hubiera razón alguna para contrariar a su padre.

– Aún está en el salón de belleza -bromeó David, y Ella tuvo el presentimiento de que si se atrevía a preguntar sobre la relación de su hermano con Viola Edmonds, una ex compañera de la universidad con la cual había estado saliendo, él se encerraría en su acostumbrado mutismo-. El viejo ha estado de buen humor hoy -comentó David, cambiando de tema.

“Por supuesto que está de buen humor”, pensó Ella, tratando de no enfurecerse. Después de cancelar el viaje por teléfono, él tenía razón para estarlo, pero no sabía lo que le esperaba.



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