
En ese momento la puerta del comedor se abrió para dar paso a sus padres. Un vistazo al adusto rostro de Rolf Thorneloe la convenció de que cualquier indicio de buen humor que David hubiera visto en la oficina, había desaparecido. Con seguridad se enteró de que su madre decidió viajar sin él.
Ella miró a su hermano y pensó: “David, prepárate porque esta noche va a ser una cena poco cordial”. Entonces la joven se sentó a la mesa. Su padre, conservador hasta la exageración, guardó silencio mientras que Gwendoline Gilbert, el ama de llaves, sirvió la sopa y se retiró. Entonces habló:
– Supongo que fue tuya la ridícula idea de ir con tu madre a Sudamérica a pesar de todo, ¿no es verdad, Arabella? -preguntó de improviso, dirigiéndose a la chica por su nombre completo como era su costumbre, lo cual Ella aborrecía.
– Así es -contestó la joven sin mirar a su madre, quien con seguridad le imploraría no hacer enfurecer más a su padre-, aunque yo no veo qué hay de ridículo en eso -continuó, mirándolo desafiante.
– Ni siquiera ha pasado por tu mente -replicó él furioso-, que mientras ustedes se divierten de lo lindo, tu hermano y yo no tendremos a nadie para que nos atienda, ¿verdad?
¡Nadie que los atienda! Indignada, Ella miró a su hermano, pero al verlo con los ojos clavados en su plato, se dio cuenta de que él prefería vivir de pan y agua con tal de evitar un altercado.
En lugar de informarle a su padre que no vivían en la Edad Media y muchos hombres podían prepararse algo de comer sin ayuda, Ella decidió emplear otras tácticas.
– Estoy segura de que Gwennie podrá cuidarlos de una manera espléndida, como siempre lo ha hecho.
Rolf Thorneloe la miró enfadado. No sería tan fácil convencerlo de abandonar sus anticuadas ideas acerca del lugar que deben ocupar las mujeres en la casa.
– Como puedes ver -continuó Ella con valentía-. No hay ninguna razón por la cual mamá y yo…
