
Finalmente mi editor sueco quiso publicar un pequeño volumen con mis relatos, que por entonces eran sólo tres. Accedí a ello. Mi editor inglés descubrió el libro y me sugirió publicarlo en inglés. Lo mismo hicieron a continuación mis editores alemán y francés. Y muy poco tiempo después mi editor americano quiso hacer lo mismo. Llegados a ese punto comprendí que era el momento apropiado para reescribir «La evidencia expuesta», así como añadir a aquella pequeña recopilación dos relatos más que había estado madurando desde hacía tiempo.
En consecuencia, me puse a la tarea de revisar y volver a escribir la historia breve, y lo que el lector tiene aquí por primera vez es la nueva versión de aquel relato antiguo, que estaba escrito de una forma mucho más torpe.
Estoy bastante satisfecha del resultado. El relato posee un nuevo punto de vista y la víctima es otra. Y Abinger Manor tiene un nuevo propietario. Pero los demás personajes son los mismos.
Exposición Cuando tiempo después los miembros de la clase de Historia de la Arquitectura Británica pensaran en el asunto de Abinger Manor, todos coincidirían en que Sam Cleary era el candidato que más probabilidades tenía de que lo asesinaran. Ahora bien, ustedes tal vez se pregunten quién iba a querer matar a un inofensivo profesor universitario americano de botánica que, al menos en apariencia, no había hecho nada más que ir a la Universidad de Cambridge en compañía de su esposa para participar en un curso de verano en St. Stephen's College. Pero justo eso, el hecho de que su esposa lo acompañase, es el meollo de la cuestión. El viejo Sam (un hombre de setenta años por lo menos, elegante en el vestir, con cierta inclinación por las corbatas de pajarita y las chaquetas de tweed incluso en mitad del verano más caluroso que Inglaterra haya visto en décadas) tenía tendencia a olvidar que su cónyuge Frances lo había acompañado a Cambridge para tener también esa misma experiencia. 