
Frances Cleary podría haber pasado por alto este muestreo visual. Al fin y al cabo tampoco pretendía que su marido anduviese por Cambridge con los ojos vendados, y allí en verano se ven tantas señoras estupendas como moscas en mayo. Pero cuando le dio por pasarse largas veladas en el pub del college entreteniendo a Polly Simpson, una compañera de clase de ambos, con toda suerte de anécdotas que iban desde su infancia en una granja de Vermont a sus años en Vietnam, donde, según Sam, él solo había salvado a todo el pelotón… bueno, aquello fue demasiado para Frances. Polly no sólo era lo bastante joven como para ser nieta de Sam, sino que además, si se me permite la expresión, estaba de muerte: guapísima, rubia y curvilínea como la pobre Frances no lo había sido ni en sus mejores tiempos.
De modo que cuando la noche anterior al Día en Cuestión Sam Cleary y Polly Simpson se quedaron en el pub del college hasta las dos de la mañana riendo, conversando, bromeando y tronchándose de risa como si fuesen niños, cosa que, en efecto, Polly seguía siendo a los veintitrés años, y comportándose como individuos con Algo Específico en la Mente, Frances decidió que era el momento de tener unas palabras con su marido. Y no fue éste el único que las oyó.
Noreen Tucker fue la encargada de dar noticia de tan delicado tema a la mañana siguiente a la hora del desayuno. La había despertado el sonido del disgusto cada vez mayor de Frances a las 2:23 de la madrugada, y el sonido del disgusto cada vez mayor de Frances la había mantenido despierta exactamente hasta las 4:31. Y a esa hora un portazo había marcado la decisión de Sam de no seguir escuchando las acusaciones de hombre insensible, sin corazón, y de infidelidad insidiosa que le echaba en cara su esposa.
