
Así fue como llegaron al Gran Salón, una sala magnífica que era tal como Victoria Wilder-Scott les había comentado a sus alumnos. Mientras la guía les iba explicando las características del salón, el grupo se afanaba por centrar la atención en el alto techo abovedado, en la galería de los trovadores y su intrincado calado, en los tapices, en los retratos, en las chimeneas y en las alfombras. Las cámaras enfocaban y disparaban sin cesar. En ocasiones se elevaron murmullos de admiración entre los visitantes. En algún lugar de la sala un reloj dio delicadamente las diez y media.
A modo de acompañamiento para las campanadas del reloj, un feroz sonido de tripas interrumpió de súbito el programado discurso de la guía. Alguien se echó a reír con una risita nerviosa y unos cuantos se dieron la vuelta y vieron a Polly Simpson apretándose el estómago.
– Lo siento -se excusó ésta-. Es que sólo he desayunado un plátano.
Este comentario sirvió para animar un poco al normalmente taciturno Ralph Tucker. Mientras el grupo volvía a poner la atención en lo que decía la guía, Ralph se acercó sigilosamente a Polly y con galantería le señaló la parte delantera de la chaqueta de safari.
– Coge una inyección de energía si quieres -le dijo-. Es bueno para la sangre.
Polly Simpson le dio las gracias con una sonrisa y metió la mano en el bolsillo, de donde sacó unos cuantos frutos secos surtidos. Ralph hizo lo mismo. Tenían que comer a escondidas, naturalmente, y lo hicieron como dos colegiales traviesos, con risitas de complicidad de algunos visitantes que los sorprendieron. Resultó bastante fácil, pues la guía los conducía ya fuera del Gran Salón e iba a la cabeza del grupo, tras lo cual subieron un tramo de escaleras y fueron a dar a una sala estrecha como un pasillo.
