
En otras palabras, resultaban bastante llamativos y estaban un poco fuera de lugar en medio de las demás personas que aquel día visitaban Abinger Manor.
Cuando sonó el timbre que indicaba el comienzo de la visita, el grupo se congregó ante la puerta principal. Salió a recibirlos una muchacha de aire decidido, que aparentaba unos veinticinco años, con la barbilla llena de granos y los ojos demasiado maquillados. Los acompañó hasta el interior del edificio, se aseguró de cerrar con llave la puerta cuando hubieron entrado todos por si acaso alguien sentía la tentación de largarse de allí con alguna preciosa, por no decir portátil, bagatela de las que allí había, y empezó a hablar en un inglés peculiar que sugería que la habían preparado a fondo para dirigirse a extranjeros. Hablaba con palabras simples, pronunciadas de una manera sencilla y con muchas pausas.
Se hallaban, les dijo, en el pasillo original de la casa solariega. La pared de madera que tenían a la izquierda era la original. Podrían admirar el trabajo de talla que tenía cuando pasaran por el otro lado de la misma. Les pidió que hicieran el favor de permanecer agrupados y de no traspasar las zonas acordonadas… Se permitía hacer fotografías, pero solamente si no utilizaban el flash.
Todo fue bien al principio. El grupo guardaba un respetuoso silencio y sacaba fotografías sin utilizar el flash. Las únicas preguntas que se hicieron fueron las que formuló Victoria Wilder-Scott, y si la guía proporcionó alguna respuesta incorrecta, nadie se dio cuenta.
