
Todo el ensayo había sido automatizado y sincronizado. No había ninguna enorme palanca que bajar, ningún botón que pulsar escondido detrás de una pantalla deslizante. Sí, Lloyd había diseñado y Theo codificado los módulos básicos del programa de aquel experimento, pero ahora todo lo controlaba el ordenador.
Cuando el reloj digital alcanzó las 16:59:55, Lloyd comenzó la retrocuenta en voz alta.
—Cinco.
Miró a Michiko.
—Cuatro.
Ella le devolvió la sonrisa para animarlo. Dios mío, cómo la quería.
—Tres.
Desvió su atención al joven Theo, el wunderkind, el joven prodigio que Lloyd siempre había querido ser, mas sin éxito.
—Dos.
Theo, siempre altanero, le mostró el puño cerrado con el pulgar hacia arriba.
—Uno.
Dios mío, por favor…, pensó Lloyd. Por favor.
—Cero.
Y entonces…
Y entonces, de repente, todo varió.
Se produjo un cambio inmediato en la iluminación: la pálida luz de la sala de control fue reemplazada por la del sol, filtrada a través de una ventana. Pero no hubo ajuste ni molestia, y las pupilas de Lloyd no se contrajeron. Era como si siempre hubiera estado acostumbrado a aquella luz más brillante.
Pero no era capaz de controlar sus actos. Quería mirar alrededor, ver lo que sucedía, mas sus ojos se movían por voluntad propia.
Estaba en la cama, al parecer desnudo. Podía sentir las sábanas de algodón deslizándose por su piel al incorporarse sobre un codo. Al mover la cabeza alcanzó a vislumbrar brevemente las ventanas del dormitorio, que al parecer pertenecían a la segunda planta de una casa de campo. Veía árboles y…
