
No, eso no podía ser. Aquellas hojas eran fuego gélido, pero hoy era veintiuno de abril… primavera, no otoño.
Su visión siguió moviéndose y, de repente, con lo que debería haber sido un sobresalto, comprendió que no estaba solo en la cama. Había alguien más con él.
Se encogió.
No, no era cierto. No reaccionó físicamente en modo alguno; era como si su mente se hubiera divorciado del cuerpo. Pero sintió que se encogía.
La otra persona era una mujer, pero…
¿Qué demonios estaba pasando?
La mujer era mayor, arrugada, de piel traslúcida y cabello de gasa blanca. El colágeno que una vez había llenado sus pómulos se había aposentado como carúnculas en la boca, una boca ahora risueña, con las comisuras de la sonrisa perdidas entre arrugas perennes.
Lloyd trató de alejarse de la bruja, pero su cuerpo se negó a cooperar.
¿Qué demonios está sucediendo, Dios mío?
Era primavera, no otoño.
Salvo que…
Salvo que, por supuesto, se encontrara en el hemisferio sur. Transportado, de algún modo, desde Suiza hasta Australia…
Pero no. Los árboles que había vislumbrado a través de la ventana eran arces y álamos; tenía que estar en Norteamérica o Europa.
Su mano se alzó. La mujer vestía una camisa azul, pero no era la parte superior de un pijama. Tenía charreteras abotonadas y varios bolsillos: ropa “de aventura” fabricada en algodón, del tipo de L. L. Bean o Tilley, lo que una mujer práctica usaría para hacer jardinería. Lloyd notó cómo sus dedos acariciaban el tejido, sintiendo su suavidad, flexibilidad. Y entonces…
Y entonces sus yemas encontraron el botón, duro, plástico, calentado por el cuerpo de ella, traslúcido como la piel. Sin vacilación, los dedos lo apresaron, lo sacaron y lo deslizaron a un lado del ojal. Antes de que la prenda se abriera, la mirada de Lloyd, aún actuando por propia iniciativa, se alzó de nuevo al rostro de la mujer, observando unos pálidos ojos azules cuyos iris mostraban un halo de anillos blancos incompletos.
