Al salir del coche, Blaire sintió que se le secaba la boca. Tenía que reunir coraje, caminar hasta el remolque y leer el cartel clavado en la puerta. No era de extrañar que Alik hubiera tenido que colgarlo para delimitar así sus horas de trabajo de las de descanso: las estudiantes de San Diego lo habían perseguido constantemente.

¿Tendría Alik relaciones con alguna de las estudiantes de Warwick? No, se dijo Blaire.

No se atrevía a pensar en lo que habría estado haciendo durante los últimos diez meses y medio, y menos aún a pensar en las mujeres con las que habría salido. Si lo hacía, la pena la consumía viva.

Según el cartel, Alik estaba disponible para cualquier consulta de cuatro a cinco de la tarde, de lunes a viernes, a menos que estuviera de viaje fuera de la ciudad. Blaire se apresuró a llamar a la puerta antes de perder todo su coraje. Esperó un minuto y volvió a llamar. No hubo respuesta, de modo que, tras instantes de vacilación, intentó por fin abrir el picaporte. Para su sorpresa, la puerta se abrió. Asomó la cabeza y lo llamó.

Alik no estaba.

Tras atravesar todo el país desde la costa oeste para verlo, aquello no la iba a detener por mucho que tuviera que esperar. Blaire se preguntó cuánto aguantarían sus nervios y consideró la posibilidad de esperarlo en el coche. Sin embargo, desde donde lo había aparcado, no lo vería si aparecía.

Vaciló por un momento y, por fin, decidió esperarlo dentro del remolque. Antes o después Alik tendría que volver. Y, si seguía lloviendo, no tardaría mucho.

Mientras salían juntos, Alik le había dicho que no le importaba en qué remolque tuviera que vivir cuando hacía trabajos de campo y, viendo aquel remolque amueblado con módulos estándar en marrón y beis, Blaire comprendió que era cierto.



3 из 138